jueves, 24 de septiembre de 2009

El paramo :


En la parte septentrional del Perú, al norte del paso de Porculla (2 145 msnm) y encima de los 3200 - 3400 msnm se encuentran formaciones vegetales parecidas a la puna, pero mucho más húmedas y con características especiales que distinguen esta región, la que se conoce como páramo. Se extiende por los altos Andes a través de Ecuador y Colombia hasta Venezuela. La porción peruana es muy pequeña y es la más meridional de la región de los páramos.En el Perú, el páramo no ha sido estudiado a profundidad y se encuentra en las cuencas altas de los ríos Quirós, Huancabamba y San Ignacio, en los departamentos de Piura y Cajamarca. Por su poca extensión es una zona muy vulnerable y la destrucción avanza inconteniblemente, especialmente por las quemas.Está caracterizado por la presencia de pajonales, pero con mayor abundancia de arbustos y bosques de altura, debido a su mayor humedad, de manera que se lo puede calificar como formaciones alternantes de pajonales y matorrales. El páramo es muy húmedo, con alta incidencia de neblinas nocturnas. Al amanecer las plantas están cubiertas de agua, que chorrea hasta el suelo por la condensación.Los suelos son muy húmedos y anegados, con abundante materia orgánica. En las zonas más escarpadas afloran las rocas.


IMPORTANTE

Una de las plantas más características de los páramos es el frailejón (Espeletia spp.), que crece hasta varios metros de altura y tiene el tronco recubierto por hojas muertas. Estas plantas se encuentran en la parte colombiana y ecuatoriana, mas no en la porción peruana. Hay gran cantidad de especies de plantas de las familias de las ericáceas, ranunculáceas y bromeliáceas.


La fauna del páramo
Es de origen amazónico con elementos del hemisferio norte, que han migrado en tiempos pasados.Entre los mamíferos destacan:· El tapir del páramo o pinchaque o gran bestia (Tapirus pinchaque), un tapir adaptado al clima frío y con pelambre lanosa. Esta especie es muy rara y una de las más amenazadas de la fauna peruana, que necesita de protección total. Se alimenta de gramíneas y arbustos, refugiándose en los matorrales.· El conejo silvestre (Sylvilagus brasiliensis), el único conejo silvestre del Perú. Vive entre los pajonales y matorrales.· El venado colorado del páramo (Mazama rufina), que se refugia en los matorrales.· El pudú o sachacabra (Pudu mephistophiles), un venadito pequeño que no supera los 40 cm de altura. Es de costumbres crepusculares. Esta especie también se encuentra más hacia el sur en los bosques de neblina.· La musaraña (Cryptotis sp.), el único mamífero del orden de los insectívoros existente en el Perú. Este animal pequeño, parecido a un ratón, vive en los pajonales y se alimenta de insectos y gusanos.Hasta esta región llegan algunas especies de ranas altoandinas (Telmatobius y Gastrotheca). La mayor parte de los anfibios son especies propias, siendo muy comunes los jambatos (Atelopus spp.).Las aves están representadas por muchas especies, destacando el cóndor andino, varias perdices, la gaviota andina, las gallaretas y varios picaflores, entre otras.


flora

Las plantas de los páramos presentan una serie de adaptaciones que les permiten sobrevivir en un ambiente bastante hostil. Muchas tienen pelos que guardan el calor y hojas duras que evitan que se pierda agua por evapotranspiración. En general son especímenes achaparrados para protegerse del frío y el viento, aunque los frailejones (Espeletia y géneros afines) y las achupallas (Puya), a más de algunas especies de árboles, pueden alcanzar varios metros de alto. En algunos casos las adaptaciones pueden ser muy sofisticadas; en otros están prácticamente ausentes y estas especies deben aprovechar los microclimas generados por el resto de la vegetación.
Las familias de plantas más importantes son las Asteráceas (que incluyen a los frailejones), las Orquidáceas y las Poáceas o gramíneas. La especie posiblemente más ampliamente distribuida, la paja Calamagrostis intermedia, pertenece a esta última. Otras familias importantes son Apiáceas, Blecnáceas, Brasicáceas, Bromeliáceas, Campanuláceas, Ciperáceas, Dicranáceas, Driopteridáceas,Ericáceas,Eriocauláceas,Escrofulariáceas,Gentianáceas,Haloragáceas, Hipericáceas,Juncáceas,Lentibulariáceas, Licopodiáceas, Lobeliáceas,Loganiáceas, Melastomatáceas, Onagráceas, Plantagináceas, Rosáceas, Rubiáceas, Solanáceas, Violáceas y Valerianáceas. A pesar de que los árboles son en general escasos, se pueden encontrar bosquetes hasta por sobre los 4.000 metros de yahuales o queñoas (Polylepis spp.) y otras especies arbóreas como el quishuar (Buddleja incana). En toda la extensión de los páramos en Sudamérica hay más de 4.000 especies de plantas, con un 60% de endemismo ecosistémico. Algunas de ellas se han convertido en alimento común de las poblaciones humanas altoandinas, especialmente el melloco o ulluco (Ullucus tuberosus), la oca (Oxalis tuberosa) y la mashua (Tropaeolum tuberosum).








Fauna


Los animales también presentan importantes adaptaciones para guardar el calor, como pelajes densos y colores oscuros. Las adaptaciones etológicas también son comunes.
Algunos animales propios (no necesariamente exclusivos) de los páramos son el oso de anteojos (Tremarctos ornatus), el lobo o zorro de páramo (Pseudalopex culpaeus), el conejo (Sylvilagus brasiliensis), el gato de páramo (Felis colocolo), el venado de cola blanca (Odocoileus virginianus), varias especies de roedores, el cóndor (Vultur gryphus) y varias especies de águilas, gaviotas, patos, búhos y colibríes. El sapo llamado en el Ecuador "jambato" (Atelopus ignescens) era muy abundante hasta hace pocos años pero a la fecha se puede decir que está totalmente extinto. El género de lagartijas Stenocercus es uno de los pocos representantes de los reptiles. La fauna acuática tampoco es muy diversa e incluye a las preñadillas (Astroblepus). La fauna de invertebrados aún no es bien conocida en toda la extensión de los páramos.







uso e importancia


El uso que el humano ha dado a estos ecosistemas es muy antiguo y se han encontrado vestigios del mismo de cerca de 10 milenios. La gente de los páramos ha usado el ecosistema para obtener agua, alimento, medicina, leña, materiales de construcción, etc. Varios tubérculos andinos como el melloco u olluco (Ullucus tuberosus), la oca (Oxalis tuberosa) y la mashua (Tropaeolum tuberosum) son propios de las partes más altas de los Andes.
Los montes y las lagunas han sido parte fundamental de la religiosidad andina. Las épocas de la Conquista y la Colonia fueron testigos de un deterioro del ecosistema por parte de especies exóticas como ovejas, caballos y vacas. En la actualidad, los páramos están mayormente habitados y usados directamente por poblaciones campesinas y/o indígenas, en su mayor parte marginadas y en un estado de extrema pobreza. Estas personas, que constituyen una verdadera cultura paramera (en sí misma diversa a lo largo del ecosistema) que está en proceso de extinción, han vivido allí en varios casos por muchas generaciones, pero el impacto mayor se ha dado en las últimas décadas ante la mala distribución de la tierra, que obliga a estas personas a subir la frontera agrícola, quemar el pajonal, llevar sus rebaños a las alturas y usar los bosquetes para leña. Un proceso particularmente perverso parece ser la transformación de tierras parameras comunales en terrenos particulares, una de las tendencias fomentadas por el neoliberalismo y la globalización. También se han hecho plantaciones, en algunas ocasiones a nivel industrial, de especies leñosas exóticas, especialmente pinos de Monterrey (Pinus radiata), que impactan negativamente sobre el suelo y la diversidad del ecosistema. En ciertos lugares el impacto de la minería es también muy grave. Algunos páramos todavía pertenecen a haciendas anacrónicas inmensas, que mantienen una situación de gran inequidad.

Tipología

A pesar de que se puede hablar del páramo en toda su extensión, su diversidad es notable. Posiblemente la imagen más común de un páramo es la de un pajonal salpicado de especies arbustivas, lagunas y pantanos, con grandes nevados en el fondo. Pero el páramo de pajonal no es el único.
Especialmente en Venezuela y Colombia, pero también en la parte norte del Ecuador, los frailejones (del género Espeletia y otros cercanos) dominan claramente la vegetación. Estas grandes plantas con una roseta de hojas grandes y peludas sobre un tronco largo le dan al paisaje un aspecto único. Otros tipos de páramo tienen que ver con la precipitación: hay páramos extremadamente húmedos, especialmente los que dan hacia la vertiente amazónica de los Andes, y páramos bastante secos, como los de las faldas del Chimborazo en el Ecuador. La parte más alta de los páramos, cerca de las nieves eternas, se denomina superpáramo y está formado por un suelo rocoso cubierto escasamente por plantas muy resistentes.
La respuesta a la pregunta de cuán natural es el páramo depende del país en donde se haga la pregunta. En Colombia y Venezuela se considera que el páramo es básicamente un ecosistema natural, con escaso o muy localizado impacto humano fuerte. En el Perú y especialmente en el Ecuador se considera que mucho del páramo de pajonal, el más extenso, es producto de una acción antrópica que ha transformado bosques, matorrales y humedales en pajonales. Esto, sin embargo, no quiere decir que un pajonal sea un ecosistema necesariamente degradado y pobre.








clima


En las partes altas del norte de los Andes por encima de 3500 m (en algunas localidades,
3200 m), la existencia de un ambiente típicamente paramuno está condicionada a la
presencia de uno hasta máximo dos meses secos, o diez meses húmedos. La presencia de
cinco meses secos (promedios mensuales inferiores al promedio mensual multianual), que
se presenta en Perú y Bolivia, condicionan la existencia de una puna húmeda (Troll, 1968 y
Lauer, 1979). Ambientes con época seca de mayor duración (5-10 meses) caracterizan a las
punas seca y espinosa respectivamente, para llegar a la condición de extrema sequía, que
es la puna desértica.
En la Figura 4 se ilustran algunos comportamientos de la precipitación en áreas de la alta
montaña desde México hasta Perú. Los valores de México con un monto anual de 1054
mm y una media de 87.83 mm mensuales




clases de paramo

A la misma elevación constitutiva en los Alpes del límite de la región de nieve perpetua, en los Andes tropicales la arborescencia apenas empieza a achaparrarse, reemplazándose a la vez con gruesas capas de musgo y creando así un aspecto melancólico. Poco a poco variedades de arbustos van invadiendo el monte hasta llegar, a la altura de unos 3.000 metros, a eliminar los árboles por completo. Hemos entrado a la región de los páramos, aquellas soledades de la montaña que siguen subiendo hasta los 4.600 metros, para alcanzar los límites de la nieve eterna.
Son raras las veces en que el páramo termine en cumbres angostas y filosas, y menos frecuentes aún las elevaciones en forma de peñascos altos y solitarios que tanto admiramos en los Alpes. Más acertamos al comparar el páramo con la cumbre ancha de las Montañas Gigantes (Riesengebirge) o Montes de Silesia, tan solo de vez en cuando sobrepasada por cúpulas redondeadas y más bien bajas. Al contrario de los frecuentes precipicios del páramo hacia la tierra media, el piso de sus alturas en general se presenta suavemente ondulado, con pequeños valles longitudinales hundidos entre las lomas, a no ser que las aguas pasen lentamente por las anchas planicies, ahogando la vegetación, que así se convierte en suelo negro húmedo, para transformarse en partes en verdadera turbera.
De brillar el sol, sus rayos, apenas filtrados por el aire enrarecido, son muy poderosos. Pero son raras las veces que el sol llegue al páramo a mostrar su cara, existiendo por lo general una densa capa de niebla de por medio, con su notorio efecto aislante y su tendencia de bajar en forma de llovizna, ligera pero duradera. Ocasiones hay también en que caen granizadas, a veces de pedriscos de bastante calibre, con el efecto de bajar la temperatura hasta apenas unos grados encima del punto de congelación y de soplar un fuerte viento helado.
En la parte inferior del páramo predominan arbustos que, con sus hojas de verde perpetuo y parecidas al cuero, pertenecen a las lauráceas y mirtáceas. Van disminuyendo poco a poco a medida que progresamos en la subida, para ser sucedidos, no por praderas de hermosas yerbas, sino por una gramínea seca y dura que crece en forma de copos y está intercalada por matas solitarias de flores de algún tamaño y tallos bajos, casi siempre leñosos. Pero las plantas características del páramo son el cardón y, más todavía, el frailejón, el primero una bromeliácea, a primera vista parecida al agave, en tanto que el segundo (espeletia frailejon) pertenece a las compositifloras. Del cardón con sus hojas en forma de espada, duras y bordeadas de espinas, ordenadas como una tupida roseta alrededor de su centro, a veces brota un tronco floreado de varios pies de altura. El frailejón, de hojas lanudas y resinosas, con arreglo también en forma de roseta, produce flores grandes de color amarillo ordenadas en grupos sobre tallos largos. Una vez muerta la hoja, su estípula se vuelve leñosa, contribuyendo así a formar un tronco sucesivamente más alto, que con el tiempo alcanza varios metros. Obligado el viajero a pernoctar en el páramo, las hojas del frailejón le ofrecen su colcha a propósito, a la vez que su contenido de resma facilita el convertirlas en combustible, tanto para preparar la comida como para protegerse contra el frío de la noche. En las hondonadas y quebradas resguardadas de los vientos helados, el monte, o por lo menos los matorrales de cierta altura, suelen penetrar al propio páramo, encontrándose allí helechos y bellos arbustos, a la vez que trepadoras mezcladas con la maleza del chusque, parecido este al bambú, que al excursionista con frecuencia le obstruye el camino, como para enseñarle que aun a tal altura sobre el nivel del mar la vegetación tropical acostumbra mantener sus caprichos.
Cierto es que algunos cultivos, tales como las papas, las arvejas, la cebada y aun el trigo, suelen invadir hasta las zonas bajas del páramo, pero únicamente en sus partes secas y guarnecidas, y aun allí a costa de un rendimiento más pobre que en las regiones de menor elevación sobre el nivel del mar. Por otra parte, la papa del páramo es de una calidad notablemente superior la de la sabana, hecho que también lo refleja su precio en el mercado capitalino. En los valles del páramo se ven reses, caballos y mulas pastando, que se distinguen, por su pelo crecido y velludo, de sus congéneres de la tierra caliente, de pelo corto y terso. En cambio, las regiones más altas se ven pobladas por grandes manadas de ovejas, animales menos exigentes en cuanto al forraje, lo mismo que de cabras, que prefieren mantenerse en los terrenos rocosos.
El hombre parece rehuir semejantes soledades hasta donde le sea posible, así que al cruzar el páramo el viajero puede pasar horas enteras sin encontrar ni señas de pueblo humano, para dar al fin con una miserable choza levantada de arcilla y cubierta con junco o con hojas de frailejón y habitada por uno de los más pobres campesinos o arrendatarios. La vida de estos en el páramo no es fácil, por cierto. Ya antes de prender la mujer la candela para preparar un alimento caliente, el hombre, enfrentándose al frío matinal, suele empezar su faena, la cual en general no termina antes del oscurecer, apenas interrumpida por un corto descanso para el desayuno. Ahora le toca preparar sus barbechos, luego ha de dedicar tiempo, a veces son horas, a la búsqueda de una oveja o una res extraviada o a la persecución del tigrillo y del zorro, en acecho para robarle sus terneros y corderitos y no olvidar el largo camino a la ciudad, indispensable de recorrer para llevar al mercado sus frutos y animales. Caída la noche, la familia acostumbra agruparse en la llamada cocina alrededor de la candela alimentada por leña, que a la vez sirve para preparar en una olla grande la comida compuesta de mazamorra, una sopa de maíz y papas. Careciendo de chimenea, el interior de la choza viene a llenarse pronto de un humo picante, que a los moradores poco parece molestar. Estos al rato empiezan a tender la piel de buey como lecho mezquino para echarse a dormir, envueltos en sus bayetones, que son ruanas especialmente grandes y gruesas. Sin tardar están en el sueño de los justos, al parecer inmunes contra el frío intenso y el soplido del viento, que en todas partes entran por los huecos y las grietas de la choza deficientemente construida, para impedirle al extranjero conciliar el sueño todavía por mucho tiempo.
Es aquí en el páramo donde se encuentra verdadera pobreza. Familias enteras hay que viven sobre un terreno carente de todo valor, dedicadas a la recolección de leña menuda y su venta en la ciudad, como única fuente de su medio de sustento. Niños apenas cubiertos de harapos y con vientres monstruosamente hinchados por el consumo de papas como alimento casi exclusivo, suelen pedirle la limosnita al viajero.
Este trata de cruzar el páramo lo más pronto, deteniéndose en la cumbre apenas el rato requerido para depositar en el altar improvisado una piedrita o un trocito de leña en acción de gracias por haberle salido bien el viaje. Al colombiano la gravedad y la soledad características del paisaje no le inspiran sino aborrecimiento, acompañado por su temor al frío. Por cierto, éste, acentuado por los vientos helados y las lluvias, fácilmente puede resultar nocivo a la salud del organismo acostumbrado al calor tropical e insuficientemente protegido. Existe esta palabra para señalar el hecho de morir por congelación en el páramo; “emparamarse”. El extranjero de procedencia norteña no suele encontrar en el páramo muchos de los encantos recordados desde las montañas de su tierra, notando apenas algo por el estilo al traer a la memoria una de esas excursiones otoñales caracterizadas por las borrascas típicas de la estación. Ya acostumbrado al clima tropical, a él también le impresiona el frío, al extremo de hacerlo dudar de su termómetro cuando observa con sorpresa que este le señala una temperatura todavía encima del punto de congelación. Con un máximo esfuerzo su cabalgadura lucha contra el viento huracanado. Tan solo a ratos los rayos del sol logran penetrar la niebla, que se empeña en limitar la visibilidad apenas a las inmediaciones con su escasa y aburrida vegetación. Todo aquello no deja de imprimir un sello de depresión y tristeza al viajero, sobre todo al que anda solo, efecto que, empero, vuelve a perderse apenas en la bajada deje las nubes atrás para abarcar con su vista las casas y plantaciones de regiones más cálidas, brillando al sol, panorama que de inmediato le devuelve el ánimo sereno y contento.
Pero seria ingrato dejar de mencionar también el goce más impresionante que una visita al páramo puede ocasionar en circunstancias especiales, cuando el excursionista, favorecido por una atmósfera serena y tranquila, alcanza a escalar uno de sus picos, para contemplar desde la altura el panorama en su rededor. A menudo había subido desde Bogotá a las cumbres cercanas, para hacer girar la vista sobre la sabana. Estando de viaje, en cambio, no podía darme el lujo de esperar las condiciones favorables para escalar los picos, razón suficiente para no haberme desviado a subir los más cercanos, sino con muy contadas excepciones, ya que el sacrificio de tiempo no guardaba relación con el goce perseguido, pero cargado de dudas en cuanto a su logro. Una de las más exitosas excursiones de esta clase fue al Tablazo. Con la luna llena todavía en todo su esplendor, salimos a las cinco de la mañana de Bogotá hacia Subachoque, población situada al oeste de un recodo de la sabana, cuando por la cima de la cordillera al este apenas estaba asomando el primer rasgo del amanecer. Muchos viajeros han acogido la afirmación de Humboldt de que en los trópicos no hay crepúsculo como tal, pero semejante constancia no es para tomarla al pie de la letra, ya que siempre irá a pasar como media hora entre el primer momento de poder reconocerse la esfera del reloj a la luz naciente y la salida de la bola roja-púrpura por el horizonte. Era una mañana fresca y soberbia que invitaba a la demora en el camino para gozar del gorjeo y del trino de los pájaros entre las ramas, pero nuestro propósito de alcanzar la cima del Tablazo antes de que la niebla ascendente desde el valle la envolviera, nos obligaba a apresurarnos. Por una hora más o menos seguimos el camino a San Francisco, pasando por el campo de batalla de Santa Bárbara, donde Mosquera el 25 de abril de 1861 había logrado aquella victoria decisiva que le abría los portales de Bogotá para allí colocar los cimientos de la actual constitución política de Colombia. Luego nos dirigimos hacia la derecha para seguir el camino hacia Supatá, una de aquellas vías abominables que los ingleses acostumbran calificar de escaleras para mula (mule ladders). Llegados a la cumbre, dejamos el camino a la izquierda para avanzar, por lo pronto todavía cabalgando, y luego a pie, a la cima, que se levanta en varios despeñaderos rocosos, con vertientes menos acentuadas de por medio, por encima de aquella cumbre. Parches cubiertos de monte se encuentran en zonas guarecidas, subiendo hasta el pie de los despeñaderos, con la acostumbrada vegetación del páramo intercalada. Pero la propia cima ya no ofrece posibilidades ni para el monte, ni para el matorral, quedando los frailejones con unas hierbas y pajonales secos como únicas especies de la vegetación. Poco a poco llegamos subiendo hasta la cima, atravesando la extensión que suavemente asciende hacia ella y que por el otro lado cae, como cortada, en forma de una pared de roca, por varios centenares de metros, para permitirle al excursionista hacer descansar la vista en dirección vertical sobre las copas de un monte de frondosos árboles. La cima que acabamos de escalar continúa, en dirección norte, en líneas curvadas, de tal manera que las paredes resaltadas hacia el oeste a la vez van formando picos de una altura sobresaliente, contribuyendo así a modelar aquella línea peculiar en zig-zag que caracteriza el macizo hacia el este, a menos que otras elevaciones antepuestas en aquella dirección lleguen a impedir la vista sobre él.
Apenas pasadas las ocho de la mañana, alcanzamos la cima del Tablazo, con sus 3.450 metros de altura, encontrando ya cubierto, para nuestra desilusión, gran parte del anhelado panorama, por las nieblas, cuya paulatina subida ya habíamos podido observar. No obstante, también la vista sobre el enorme conglomerado de sierras de montaña, medio envuelto en la capa nebulosa que se extiende hacia el lejano río Magdalena, es de una belleza singular, aumentada aún más por el espectáculo de observar los últimos picos hundiéndose en la marea blanca, pero aún sobresaliendo esta por los macizos majestuosos de los resplandecientes nevados de la Cordillera Central.





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